“…comprendí lo perverso de una educación primaria y secundaria que producían aquel estado de falsa inocencia basada, no en la ingenuidad o en la pureza, sino en el más craso desconocimiento de las realidades de nuestra patria.”
-Ana Lydia Vega
Con la situación actual del país, y luego de las soberanas manifestaciones universitarias, no me quedó más remedio que leer el ensayo de Ana Lydia Vega “La felicidad (ja ja ja ja) y la Universidad”. Esto me hace darme cuenta que las cosas, los eventos, las situaciones, aunque hasta cierto punto cambia el problema y su intensidad, siguen siendo las mismas. Y la universidad sigue siendo el foro principal de manifestación y la clínica de desintoxicación contra la anestesia social que nos inyecta el gobierno en la nuca cada vez que puede.
Somos nosotros, los universitarios y universitarias, preciados tesoros de consciencia social y es nuestro deber defender nuestro patrimonio nacional: para unos los pasillos de Chardón y para otros la Cueva de Tarzán. No podemos caer en el síndrome del avestruz, como muy bien lo describe Ana Lydia, y simplemente caer en la negación de los problemas. Ni mucho menos embarrarnos Off y evadir las picadas del dolor ajeno. Ya quisiéramos todos contar con un sunblock que nos protega de esta quemadura social, que para algunos son llagas que ni con noxema se les curan. Pero para nosotros no! Es nuestro deber, nuestra obligación abrir los ojos y abrirselos a los demás.
Hay que contagiarnos de esa hiper-conciencia universitaria que “lleva, idealmente, a un sentido de participación y pertenencia, a una complicidad humanista que conecta íntimamente la inteligencia con la sensibilidad.” Es reconocer y arrancarnos esas gríngolas que nos tienen puestas desde que tenemos la teta en la boca; es deshacerse de esa noviazgo enfermizo con el Yo y empezar a ser adúlteros con el prójimo; es como diría mi amigo Kiko “hay que soltar la teta ya!”.
Ser meros espectadores de nuestra historia nos hace cómplices de aquello con lo que estemos o no de acuerdo, nos hace mercaderes de nuestra propia conciencia y, ¿a qué precio? No sólo se puede pasar por la universidad y que la universidad pase por uno como agua de lluvia por una cuneta. NO!. Se trata de ser esa piedrita que desvía la corriente, se trata de vivirla y de sufrirla “porque si no afectara, si no se le metiera a uno en las entretelas del mismísimo corazón, entonces, la tal hiper-conciencia no sería más que un formidable auto-teatro, una mera pose intelectual.”
